Allá en mi feudo hostaleril acabé harta de que a la hora de cerrar se descolgasen los cachorros con rastas que nunca estaban en el bar de abajo, el restaurante y club social cuando estaban en él sus papis y abuelos durante sus diarias partidas de dómino ellos y la canasta ellas.
Desde antes de las diez de la mañana, hora oficial de apertura del club, pero que yo tenía que estar antes para prepararlo todo, hasta las 12 de la noche en que se cerraba, pero que igualmente debía quedarme más tiempo para cuadrar cuentas y demás, eran muchas horas diarias, deseando irme a casa y descansar, hecha polvo.
Una vez se iban todos, ¡zas!, aparecían los chavales por la puerta. Era como si hubieran estado esperando agazapados en la esquina, vaya.
Y cuando digo chavales me refiero a 20 años para arriba y algunos bastante talluditos porque ya tenían algún que otro retoño.
Lo que empezó a fastidiarme, aparte de no poder irme a descansar, fue que no pagaban. "Apúntamelo". Y las cuentas se hacían laaargas, muy largas...
Una noche recordé lo que mi madrina siempre me contaba de su abuela (mi bisabuela), una maña de armas tomar: "Vale más ponerse colorada una vez, que diez veces verde", así que les dije a los chicos que aviasen, que la hora de cerrar había pasado cuando llegaron, conque ya podían irse (habían terminado las consumiciones, pero estaban bla bla bla interminable, como siempre)
No me hicieron ni puto caso, así que bajé la persiana metálica de la barra, apagué las luces, salí y cerré con llave la puerta de acceso a la barra y la cocina (el salón social es independiente de ello) y me dirigí a la puerta exterior, cerrándola también con llave y dejándolos a ellos dentro, ¡juas!
Se lanzarón a las ventanas, picando los vidrios. Les dediqué una peineta sin mirarles.
Naturalmente, en un pis pas los tuve encima porque aparte de que las ventanas se pueden abrir desde dentro, también hay una puerta cristalera sin llave que se puede abrir desde dentro, como las ventanas.
Ya contaba con esto, sabía que no se iban a quedar encerrados y mi intención era ir a casa a dejar la recaudación y volver para cerrar lo que hubieran dejado abierto.
No hizo falta el viaje, salieron todos con cara de vinagre y se fueron, así que abrí, entré, y cerré por dentro.
No volvieron a dar la brasa y poco a poco fueron pagando sus deudas, excepto dos que seguían debiendo cuando anuncié que dejaba el establecimiento y que por favor, abonasen lo que debían o me vería obligada a poner públicamente sus nombres.
Ni flores, así que lo hice en una pizarra al lado de la barra. Los socios me felicitaron por ello, porque nadie nunca se atrevió a denunciar a niños de papá.
Uno vino a pagarlo él mismo, pero el otro... tuvo que ir el cuñado de su padre a mi casa -pues ya había dejado el negocio-, ya que al padre se le caía la cara de vergüenza porque era consciente de que todo el club había visto el nombre de su hijo como deudor y por una cantidad elevada, puesto que puse lo que debían.
Otro día contaré como acabé en el hospital desde detrás de la barra, ¡uf!




